
A menudo, los efectos relajantes de una sesión de yoga o de meditación se desvanecen conforme salimos por la puerta y mos enfrentamos al estrépito, las prisas y las agresiones de la vida cotidiana. La paz interior se desvanece por completo cuando la violencia del mundo exterior nos perturba. Cuando eso ocurre, normalmente, nos vemos a nosotros mismos reaccionando de la manera inadecuada. Pero nada podemos hacer. La corriente de la violencia es fuerte y nuestros remos, demasiado cortos para remar a contracorriente. ¿Qué hacer entonces?
Al acabar tu sesión de yoga, mantén firme dos principios: consciencia en todos tus actos y ser testigo de tus emociones.
Consciencia significa aplicar tu atención a todo lo que hagas, teniendo en mente que tu actitud ante lo que realizas la ofreces a tu fin último, tu meta. La ofreces a tu unión con tu yo superior, con la Conciencia Suprema, con el Creador. En cada momento, piensas, hablas y haces lo que debes hacer. Cada vez que realices aquello que sabes que está bien, aunque te cueste, ofrécelo. Repite OM Tat Sat (Te lo ofrezco a Ti).
Aún así, habrá situaciones que te perturben, es inevitable. Ejercítate en ser testigo de tus emociones. Cuando algo te desagrade y comiences una respuesta perturbadora, toma distancia. Divide tu mente en dos y haz un seguimiento de tus pensamientos y emociones. Observa la perturbación, como una onda que crece en la superficie tranquila de un lago, tu mente. Observa cómo poco a poco la onda se amortigua hasta que se desvanece y el lago vuelve a ser un espejo que refleja un cielo límpido, tu consciencia. Acostúmbrate a observar tus emociones. Obsérvalas, son ajenas a ti y están ahí para perturbarte. Cuando sientas un total desapego por ellas, habrás dominado la paz interior en cualquier situación.