domingo, 26 de abril de 2009

MIRADA INTERIOR


Cuando algo va mal en nuestro organismo, normalmente acudimos al médico para que nos recete algo que nos elimine esos síntomas indeseables. Desterramos la idea de que nuestro mal sea un desequilibrio de nuestro organismo a un nivel más general que lo que pensamos y valoramos la eficacia del tratamiento en funión de lo rápido que desaparezcan los síntomas. Desdeñamos el poder de regeneración y de sanación de nuestro organismo y, de hecho, lo debilitamos cada vez que lo inhibimos atiborrándonos de medicamentos.
Unas muletas te ayudarán a andar, al menos durante algún tiempo, pero nunca recuperarán tu capacidad de andar por ti mismo.
Visité hace unos meses a la oftalmóloga para revisar la vista de mi hija. Me dijo que tenía hipermetropía y que esta deficiencia estaba más acusada en el ojo izquierdo, produciendo un desequilibrio entre ambos que la hacía inclinarse a prescribirle unas gafas para corregir el defecto. Me citó a los pocos meses para decidir definitivamente. Le consulté si, en ese tiempo, podría prescribirme algún tipo de ejercicio visual para fortalecer la visión de su ojo izquierdo. Me dijo que no existía ningún ejercicio que mejorara la visión y que constituía una pérdida de tiempo. Ella también llevaba gafas.
Yo no me resigné y empecé a enseñarle a mi hija ejercicios de yoga, de yoga visual, de visualización y métodos del ayurveda y del Dr. Bates, oftalmólogo americano que inició los estudios del entrenamiento visual. En esos días en los que inicié las sesiones con mi hija, recibí una carta del departamento médico del colegio. Era un informe realizado por la óptica y en el que se me indicaba que requería un examen más detallado, ya que había advertido deficiencias en su visión. Acudí a su consulta. Me confirmó el examen de la oftalmóloga. Requería lentes correctoras. Ahora sé que el encuentro con esta óptica no fue casual sino un regalo del sincrodestino. Le conté que yo tenía plena confianza en las posibilidades de recuperación del organismo y que había iniciado unos ejercicios de yoga visual con mi hija. Le pedí su opinión. Su respuesta fue diametralmente opuesta a la de la oftalmóloga. Se le iluminó la mirada como si le hubiera descubierto algo que llevaba guardado en su interior. Me dijo que el entrenamiento visual daba resultados óptimos con la debida constancia y que me iba a proporcionar ejercicios. Los tenía que buscar, puesto que al principio de ejercer su profesión se dedicó a ello, pero lo tenía bastante abandonado, tal vez, por que el hecho de elegir unas gafas resulta menos demandante que iniciarse en una práctica diaria. Me los entregó y así pues continué con mi hija los ejercicios, enriquecidos con la aportación de la óptica.
Durante tres meses mi hija y yo hemos dedicado unos quince minutos por sesión, cinco días a la semana a practicar yoga visual, pensamiento positivo y ejercicios de agudeza visual. La semana pasada acudí de nuevo a la consulta de la óptica. No pudo contenerse antes de acabar el examen completo. Su sonrisa lo decía todo, estaba entusiasmada. Había recuperado gran parte de la visión perdida en su ojo izquierdo y se acercaba a un 100% de agudeza visual, mientras que su ojo derecho superaba el 100%.
Nunca he albergado el más mínimo sentimiento de duda durante estos últimos meses. El jueves 30 llevaré a mi hija a otro oftalmólogo. Sé que todo irá bien.
Lo importante de todo esto es saber que:

El organismo tiene una capacidad de regeneración propia que no debe desdeñarse.


El pensamiento positivo atrae hacia nosostros lo que nosostros ofrecemos al Universo.


Debemos ser conscientes de las oportunidades que se nos cruzan en la vida. No son casualidades. El sincrodestino opera para el que sabe atraerlo y utilizarlo.