
Una acción siempre viene determinada por el nivel de consciencia del que la realiza. Por eso, no se puede hablar en términos absolutos de acciones buenas o malas. Todas ellas están condicionadas por los arreglos kármicos de cada una de las personas que intervienen y de sus dharmas particulares. Lo que distingue verdaderamente a una acción yóguica son la consciencia con la que se realiza y la ausencia de expectativas.
La acción misma está por encima de sus protagonistas y de sus resultados. Aunque la acción pueda ser valorada como buena en una escala de valores universales, de nada sirve a nuestro progreso si aún se mantienen expectativas. Mantenemos expectativas porque es lo que nuestro ego demanda del individuo que recibe la acción. El ego sólo está interesado en atraer nuestra atención y en su autocomplacencia.
La acción no sirve al hombre, sino a la Divinidad. Servimos a los demás en tanto en cuanto son distintas manifestaciones de la única realidad divina, común a todos y de la que nosotros también formamos parte.
La madre que amamanta a su pequeño no mantiene expectativas. Da lo mejor de sí. Lo da todo. No piensa en que mañana su pequeño crecerá y la abandonará. Es feliz en la acción. Sólo hay consciencia y amor puros. Ella sirve a un fin superior. Aunque no lo sepa, sirve a Dios.
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