
Vistes la ropa de un harapiento y aún así eres rey. Toda tu persona está envuelta en un halo majestuoso, pero tus vestidos están sucios y rasgados y tus sandalias, cubiertas por el polvo del camino. Llevo días buscando tu compañía. Mas sólo consigo vislumbrarte a lo lejos, acompañado de los más bajos y olvidados. ¿Cómo alcanzarte entre esa nube de menesterosos y enfermos? Cuanto más te busco, más lejos me hallo de Ti. No encuentro el camino que pisan tus pies. Siempre apareces lejos, donde no puedo alcanzarte.
Rasgué mis lujosas ropas hasta convertirlas en harapos, embadurné de barro mis finos botines, arrojé lejos de mí anillos y joyas. Enmarañé mis cabellos y ayuné siete días y siete noches. Me presenté entonces a Ti, pero preferiste la compañía de esos desheredados a los que llamas tus hermanos. Qué misteriosas sendas conducen a Ti. Pudiendo tener todo el oro, prefieres el llanto amargo de los que sufren y te rodeas de la más absoluta pobreza. Realmente, creo que eres el rey de un reino que no está en este mundo de los hombres.