lunes, 25 de octubre de 2010

EL TEMPLO DE LOS HOMBRES


Me hablas de religión. De lo importante que resulta atender los asuntos del alma. Me repites que no sólo de pan vive el hombre. Que también hay que alimentar el espíritu. Y me dices que es aquí en el templo donde debo nutrirme con la palabra de Dios. Aquí es donde vive Él. Donde puede escuchar mis rogativas. Su reino.


Nunca vi a Dios en ningún templo. Jamás sentí su presencia. Ni tampoco la vi reflejada en los rostros de los que allí acuden. Sin embargo, sí he seguido las evoluciones del ego en multitud de devotos. ¿A qué acuden allí? Quieren salvarse a ellos mismos. Quieren que Él los atienda. Sólo a ellos.

Sé que me equivoco. Que allí también está Dios. Y en ellos. ¿Es que acaso no son esencia de la misma cosa? Él y ellos, yo mismo. Pero, ¿por qué rezar a un dios de madera cuando se deja al Dios vivo fuera, desnudo y hambriento? ¿Qué motivación tiene el pasar cuentas del rosario imbuido en vacíos ritos cuando el rito divino está en mezclarte con tus hermanos y masticar el polvo del camino, atemperar el lamento del que sufre y compartir el sudor del duro trabajo diario? Si no has visto a Dios en sus rostros, si no has sentido su presencia en el prójimo, no pierdas el tiempo yendo a rezar al templo. No le abrumes con las peticiones que surgen de tu ser vital. Él no está allí para escuchar a tu ego.