Lo único que nos separa de la percepción de la Divinidad es la consciencia del ego. Arrastramos en él las viscosidades y cáscaras de miles de años de evolución de la raza. La consciencia del individuo, de su identificación como individuo y de su sentido de supervivencia, no sólo en el sentido vital sino en sentido amplio, de permanencia del statu quo de todas las circunstancias heredadas y adquiridas que lo definen como ser único perteneciente a un grupo. El ego del grupo no es menos poderoso que el individual; arrastra a los grupos a la alienación colectiva, al enfrentamiento y a la guerra, pero también a las grandes hazañas. Proezas que normalmente no conducen a descorrer el velo de la ignorancia del grupo y afianzan las raíces del ego.
La complejidad de la vida humana sólo se debe al afianzamiento de esta consciencia. Una vida hermosamente vivida debe ser, ante todo, una vida sencilla, desembarazada de las garras del ego, de la dualidad. La Física Cuántica nos plantea un hermoso dilema en su famoso principio de incertidumbre al postular que cuando el observador interfiere con la partícula en el proceso de observación, éste no puede determinar a la vez su posición y su velocidad. De tal modo que, cuando el observador determina su posición, pierde la oportunidad de determinar su velocidad. En este momento, para el sobservador, lo observado es una partícula. Cuando el observador determina su velocidad, pierde la percepción de su posición. Para él, la partícula se ha convertido en una onda. Del mismo modo, cuando observamos a los demás desde la consciencia del ego, desechamos la percepción de la Divinidad. Cuando transcendemos el ego, desaparece la percepción "del otro" y nos fundimos en el océano de la Divinidad. Será el fin del sufrimiento y el inicio de una vida sencilla y bella.
