miércoles, 15 de agosto de 2012

Hombre rico, ¿hombre pobre?

Desde las alturas a las que nuestro ego aparentemente nos eleva, la pobreza sólo llega a nosotros como un tufo desagradable. Normalmente, nos obliga a mirar para otro lado. La pobreza incomoda. Nos crea desasosiego, nos desestabiliza por un momento. Al menos, el tiempo que tardamos en cambiar de canal o en sumergirnos de nuevo en las múltiples opciones de evasión que nos brinda la sociedad de consumo. Al precio que sea, que la vida es corta y no queremos ver penas. 

¿Pero por qué nos desagrada tanto? ¿No somos capaces de ver que pobreza y riqueza no son sino facetas de la misma cosa? Como la alegría y la tristeza, la risa y el llanto, la bondad y la maldad. ¿No está todo impulsado por la misma naturaleza?

¿Está  necesariamente asociada la riqueza al resto de valores positivos (alegría, bondad, belleza)? ¿No hemos visto muy a menudo a los niños del llamado Tercer Mundo sonreír mientras rebuscan en los vertederos? ¿Vemos sonreír a nuestros hijos cuando después de saltar de actividad extraescolar en actividad extraescolar, por fin se ponen a los mandos de la videoconsola? ¿Quién es feliz? Los primeros, dese luego no sonríen por lo que tienen. Pero los segundos, tampoco. Entonces, ¿dónde se encuentra la felicidad?

Todo lo temporal, produce felicidad temporal. De modo que, buscando lo atemporal, podremos encontrar la felicidad no sujeta al cambio. Lo único que no cambia es la divinidad. Cuando el hombre vence la dualidad, el enfrentamiento de los opuestos, y consigue la perspectiva de la unidad, el uno con lo divino, desaparece la aflicción y surge el gozo. Para ello, debe desarrollarse en el hombre la consciencia del testigo ecuánime en cualquier circunstancia. Él es el vidente de los hechos que le suceden. Dios es el actor. Cuando no se tiene nada, nada se espera. Desaparece el apego por lo que se tiene y no se desea lo que no se conoce. Aunque sea por una situación no elegida y humanitariamente indeseable, esa es la razón por la que esos niños sonríen más. Son testigos de sus vidas.

SATYA. VERDAD.

Ya el sol se había puesto entre el enredo del bosque sobre los ríos.

Los niños de la ermita habían vuelto con el ganado y estaban sentados al fuego, oyendo a su maestro Gautama, cuando llegó un niño desconocido y lo saludó con flores y frutos.

Luego, tras una profunda reverencia, le dijo con voz de pájaro:

"Señor Gautama, vengo a que me guíes por el Sendero de la Verdad.

Me llamo Satyakama"

"Bendito seas -dijo el Maestro- ¿Y de qué casta eres, hijo mío? Porque sólo un brahmín puede aspirar a la suprema sabiduría".

Contestó el niño:

"No sé de qué casta soy, Maestro; pero voy a preguntárselo a mi madre".

Se despidió Satyakama, cruzó el río por lo más estrecho, y volvió a la choza de su madre, que estaba al fin de un arenal, fuera de la aldea ya dormida.

La lámpara iluminaba débilmente la puerta, y la madre estaba fuera, de pie en la sombra, esperando la vuelta de su hijo.

Lo cogió contra su pecho, lo besó en la cabeza y le preguntó qué le había dicho el Maestro.

"¿Cómo se llama mi padre? -dijo el niño- Porque me ha dicho el Señor Gautama que sólo un brahmín puede aspirar a la suprema sabiduría".

La mujer bajó los ojos y le habló dulcemente: "Cuando joven yo era pobre y conocí muchos amos. Sólo puedo decirte que tú viniste a los brazos de tu madre Jabala, que no tuvo marido".

Los primeros rayos del sol ardían en la copa de los árboles de la ermita del bosque. Los niños, aún mojado el revuelto pelo del baño de la mañana, estaban sentados ante su Maestro, bajo un árbol viejo.

Llegó Satyakama, le hizo una profunda reverencia al Maestro y se quedó de pie en silencio.

"Dime -le preguntó el Maestro- ¿Sabes ya de qué casta eres?"

"Señor -contestó Satyakama-, no sé. Mi madre me dijo: Yo conocí muchos amos cuando joven, y tú viniste a los brazos de tu madre Jabala, que no tuvo marido".

Entonces se levantó un rumor como el zumbido iracundo de las abejas hostigadas en su colmena. Y los estudiantes murmuraban entre dientes de la desvergonzada insolencia del niño sin padre.

Pero el Maestro Gautama se levantó, trajo al niño con sus brazos hasta su pecho, y le dijo:

"Tú eres el mejor de todos los brahmines, hijo mío; porque tienes la herencia más noble, que es la de la verdad".

Rabindranath Tagore