Desde las alturas a las que nuestro ego aparentemente nos eleva, la pobreza sólo llega a nosotros como un tufo desagradable. Normalmente, nos obliga a mirar para otro lado. La pobreza incomoda. Nos crea desasosiego, nos desestabiliza por un momento. Al menos, el tiempo que tardamos en cambiar de canal o en sumergirnos de nuevo en las múltiples opciones de evasión que nos brinda la sociedad de consumo. Al precio que sea, que la vida es corta y no queremos ver penas.
¿Pero por qué nos desagrada tanto? ¿No somos capaces de ver que pobreza y riqueza no son sino facetas de la misma cosa? Como la alegría y la tristeza, la risa y el llanto, la bondad y la maldad. ¿No está todo impulsado por la misma naturaleza?
¿Está necesariamente asociada la riqueza al resto de valores positivos (alegría, bondad, belleza)? ¿No hemos visto muy a menudo a los niños del llamado Tercer Mundo sonreír mientras rebuscan en los vertederos? ¿Vemos sonreír a nuestros hijos cuando después de saltar de actividad extraescolar en actividad extraescolar, por fin se ponen a los mandos de la videoconsola? ¿Quién es feliz? Los primeros, dese luego no sonríen por lo que tienen. Pero los segundos, tampoco. Entonces, ¿dónde se encuentra la felicidad?

No hay comentarios:
Publicar un comentario