jueves, 4 de diciembre de 2008

YOGA vs CULTURA FÍSICA

En los últimos años, la cultura física, ligada al desarrollo de la sociedad del bienestar, se ha expandido por todo Occidente. Del mismo modo, el Yoga, presentado como actividad saludable, se extiende por polideportivos y centros culturales. Nada de malo en ello. Al contrario, dicha circunstancia favorece la labor de divulgación de esta ciencia ancestral que, sin duda, en algo beneficiará a las castigadas articulaciones y los crispados nervios de sus practicantes. Pero si alguien llega al Yoga para practicar un tipo extravagante de cultura física, se equivoca. Al menos, en una buena parte. Y se equivoca aún más si lo que pretende es adelgazar. Por lo general, lo que llega a estos centros occidentales es una versión desnaturalizada del Hatha Yoga. Clases en las que que lo que se enseña es la práctica de asanas y algo de relajación al final. Eso tampoco es malo. Pero, indefectiblemente, el practicante fallará en su propósito de adelgazar y perderá el interés a los pocos meses.

Si alguien me pregunta si el Yoga adelgaza le contestaría que sí. No es una meta, pero sí una consecuencia inherente a su práctica. Y no se debe sólo a la predisposición de sus practicantes a llevar una dieta más sana. El Yoga es un sistema completo basado en ocho pasos o senderos. Es el Raja Yoga, el camino real del óctuple sendero o Ashtanga Yoga basado en los Yoga Sutras de Patanjali. Estas ocho prácticas, fases o estadíos conforman un sistema completo de realización personal que tiene como último y único fin el encuentro y la identificación con la divinidad. De hecho, el Hatha Yoga busca lo mismo e incorpora casi las mismas prácticas que el Raja Yoga, incluidas las esenciales prácticas meditativas y no debe identificarse únicamente con la práctica de asanas. Por tanto, la sola práctica de asanas, aunque esencial, no es Yoga. Con el seguimiento del óctuple sendero (Yama, Niyama, Asana, Pranayama, Pratyahara, Dharana, Dhyana y Samadhi) se alcanzan, paralelamente al crecimiento interior, innumerables mejoras físicas. Asana es la responsable de muchas de ellas, dando flexibilidad a nuestras articulaciones y especialmente a nuestra columna, pero también activando nuestros centros energéticos o chakras, que se utilizarán en el resto de prácticas. Su cultivo nos devuelve un cuerpo armonioso, flexible y resistente a los elementos. La práctica de Pranayama tiene un efecto adelgazante en sí mismo porque disminuye la necesidad de aporte energético al organismo por medio de la comida. Cuando el yogui adquiere un alto grado de desarrollo espiritual, su chakra manipura está lleno de energía. El seguimiento de los preceptos de Yama y Niyama, especialmente Brahmacarya (control sensual, en su aspecto más amplio), Tapas (ascetismo) y Samtosa (contentamiento) tiene como consecuencia la moderación del apetito. Tampoco se puede negar que, cuando se sigue la senda del Yoga en todas sus consecuencias, se adopta un estilo de vida más saludable, favoreciendo la alimentación sáttvica (vegetarianismo) frente a otras más perjudicales (tamásica o rajásica). Como consecuencia del conjunto de prácticas, observancias y abstenciones el yogui suele aparecer con un cuerpo esbelto y delgado, indicativo de su desarrollo espiritual en contraposición al cuerpo esbelto obtenido por la cultura física.